Recientemente asistí en Bruselas a una interesante conferencia sobre el estado de la Unión Europea, que fue impartida por el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. Acudí invitado por el Consejo Económico y Social Europeo y el acto no me defraudó, en absoluto.

Juncker hizo una exposición concisa de la cuestión, de media hora de duración, en la que abordó las cuestiones básicas que preocupan a la Unión Europea; entre ellas y como más destacadas, el impulso de su economía, del empleo, el Brexit, el pilar social o los problemas relacionados con la acogida de los refugiados en el Viejo Continente.

Llegó el turno de las preguntas y Juncker optó por escucharlas todas, una por una, antes de responder a las mismas. Fueron alrededor de decena y media de cuestiones, todas de calado, formuladas por los diferentes agentes económicos y sociales presentes en el plenario del CES europeo.

Con buen talante y con una sorprendente locuacidad, Jean-Claude Juncker respondió de seguido a todas las preguntas. Cuestiones, como he dicho, de calado, con respuestas a la altura del reto. Despertó mi curiosidad la sensibilidad social manifestada por este respetado político europeo. Juncker fue muy claro con el problema de la acogida de refugiados. Criticó la respuesta que están dando los países del Este, por insolidaria, y contrapuso el ejemplo de Italia y de Grecia “que se están hundiendo por ayudar a los pescadores que recogen almas”, según dijo textualmente. Una expresión certera y sincera, formulada por este veterano político luxemburgués que preside la Comisión Europea, que ilustra atinadamente el estado de la cuestión.