Blog del presidente del CES Vasco

Consejo Económico y Social Vasco

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Doscientos setenta y dos

El mes que viene, antes de que finalice el año, la Seguridad Social batirá su récord deficitario y alcanzará los 19.000 millones de euros. En una entrada reciente en este blog me referí a la necesidad de asir por los cuernos al toro de las pensiones, al hilo de una comparecencia del presidente del CES del Reino en el foro de la Comisión de Seguimiento del Pacto de Toledo. Una tarea impostergable, aunque de muy espinosa resolución, en la que, entre otros factores, pesa como una losa la situación demográfica.

El estancamiento es especialmente alarmante en el País Vasco -una de las tasas de natalidad más bajas de toda Europa-, donde está provocando unas correcciones en la pirámide geométrica que ensanchan el segmento de población de edad más avanzada y estrechan el situado en edad laboral, poniendo en peligro el equilibrio del dibujo. El Consejo Económico y Social vasco ha reflexionado en más de una ocasión sobre este asunto y a ello me remití en un post que trataba sobre las personas mayores de 55 años, que ya se han configurado como un colectivo con unas características definidas y con unas necesidades propias; más aún si lo analizamos con una perspectiva de género, con las mujeres en una situación de mayor desventaja, ya que en ellas recaen mayoritariamente las tareas de cuidado del segmento de población en crecimiento al que me refiero: el de las personas mayores. En este punto vuelvo a recordar la advertencia del CES al respecto: “Un país pequeño, con una población envejecida y con escasos flujos migratorios, no son los mejores avales para enfrentar el crecimiento y desarrollo económico y social en un mundo globalizado y extraordinariamente exigente”. Y consulto los datos del último Padrón Municipal, correspondiente al año pasado, donde se revela que la población vasca apenas logró mantenerse en 2015, con un ligerísimo crecimiento de 272 personas, tras dos años de caídas. Doscientas setenta y dos: un número capicúa… e irrelevante.

visita a Gestamp

Empresa familiar

El fabricante de componentes de automoción Gestamp inauguró la semana pasada su puntero centro de formación en Amorebieta, ubicado en unas instalaciones que tuvimos el gusto de conocer en julio pasado en una visita a la que acudimos como CES vasco, acompañados de nuestros homónimos del CESER de Aquitania-Limousin-Poitou-Charentes, tras una reunión de trabajo entre ambos Consejos, que versó sobre la innovación, la transferencia de tecnología y lo que se denomina Fabricación Avanzada. Para poner colofón a una reunión de esta naturaleza, nada más apropiado que una visita a Gestamp, una empresa que ahora ha anunciado que el próximo año sacará a bolsa un tercio de su capital aproximadamente. No colocarán más, porque la familia propietaria quiere seguir manteniendo el control de la compañía a largo plazo.

Gestamp emplea a más de treinta mil personas en todo el mundo y cuenta con casi un centenar de plantas industriales, cinco de ellas en Euskadi, que serán seis cuando finalice la construcción en marcha en Rivabellosa. Cuando salga a bolsa, Gestamp se convertirá en la cuarta mayor cotizada vasca por volumen y en la primera si nos atenemos a su carácter de empresa familiar.

Las empresas familiares no tienen un límite de tamaño, aunque a menudo tendemos a identificarlas con un pequeño negocio, con la tienda de la esquina. Sin embargo, pueden ser grandes, como Gestamp, o incluso enormes, como la cadena estadounidense de almacenes Walmart, fundada por la familia Walton en Arkansas hace poco más de 50 años y cuyas cifras de empleo y facturación actuales producen vértigo: 2,2 millones de personas empleadas y 250.000 millones de dólares de facturación.

BMW, Volkswagen, Samsung, Arcelor Mittal… también son grandes empresas familiares. Como lo son Inditex, Mercadona o El Corte Inglés en España, donde cerca del 90% de las empresas son familiares y concentran en conjunto casi el 70% del empleo privado.

Al margen de su tamaño, las empresas familiares comparten una idiosincrasia singular y creo saber de lo que hablo, porque lo conozco de primera mano. Por lo común, tienen una visión a largo plazo -con el objetivo de transmitir la compañía a la próxima generación-, ponderan la cultura del esfuerzo y establecen un vínculo estrecho con el territorio en que se ubican y con las personas que emplean. De sus carencias y de sus problemas, que no son escasos, hablaremos en otra ocasión.

Pobreza

Hemos iniciado la semana con la celebración del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, una de las muchas fechas del calendario anual a las que las Naciones Unidas rodean con un círculo en rojo para refrescar conciencias dormidas. Este año han apuntado hacia el desiderátum más alto: “Poner fin a la pobreza en todos sus formas y en todo el mundo”.

La pobreza es un fenómeno amplio y complejo que, por una visión reduccionista, se tiende a confundir a menudo con un enfoque extremo, que lo identifica con la indigencia o con una carencia en las necesidades más primarias. Sin embargo, cuando hablamos de pobreza no sólo cuantificamos la insuficiencia de los ingresos en un hogar, sino la situación comparativa en que éste se sitúa con respecto al conjunto del territorio analizado en cuestiones variadas, como el acceso a la vivienda, al trabajo, a la educación, a la alimentación o a la salud y al bienestar.

Así, nos encontramos con resultados aparentemente sorprendentes, como el reflejado por el índice de pobreza y exclusión en Euskadi (15,3% de la población vasca), que es similar al de los países nórdicos europeos más avanzados. Y lo es, porque estos indicadores no refieren valores absolutos sino que se circunscriben a un territorio en concreto, sin que el resultado pueda ser extrapolado, como expliqué en un post anterior.

A pesar de que el mencionado 15,3% de la población constituya un porcentaje relativamente bajo comparado con la media española y europea, refleja que todavía hay 340.000 personas en el País Vasco que siguen padeciendo gravemente las consecuencias de la crisis. Y en este punto debemos preguntarnos si la débil y lenta recuperación económica está o no siendo acompañada de una reducción de las desigualdades; una cuestión que preocupa hondamente al Consejo Económico y Social vasco por las nefastas consecuencias que puedan derivarse en términos de cohesión social, tal y como ha señalado en más de una ocasión.

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