El mes que viene, antes de que finalice el año, la Seguridad Social batirá su récord deficitario y alcanzará los 19.000 millones de euros. En una entrada reciente en este blog me referí a la necesidad de asir por los cuernos al toro de las pensiones, al hilo de una comparecencia del presidente del CES del Reino en el foro de la Comisión de Seguimiento del Pacto de Toledo. Una tarea impostergable, aunque de muy espinosa resolución, en la que, entre otros factores, pesa como una losa la situación demográfica.

El estancamiento es especialmente alarmante en el País Vasco -una de las tasas de natalidad más bajas de toda Europa-, donde está provocando unas correcciones en la pirámide geométrica que ensanchan el segmento de población de edad más avanzada y estrechan el situado en edad laboral, poniendo en peligro el equilibrio del dibujo. El Consejo Económico y Social vasco ha reflexionado en más de una ocasión sobre este asunto y a ello me remití en un post que trataba sobre las personas mayores de 55 años, que ya se han configurado como un colectivo con unas características definidas y con unas necesidades propias; más aún si lo analizamos con una perspectiva de género, con las mujeres en una situación de mayor desventaja, ya que en ellas recaen mayoritariamente las tareas de cuidado del segmento de población en crecimiento al que me refiero: el de las personas mayores. En este punto vuelvo a recordar la advertencia del CES al respecto: “Un país pequeño, con una población envejecida y con escasos flujos migratorios, no son los mejores avales para enfrentar el crecimiento y desarrollo económico y social en un mundo globalizado y extraordinariamente exigente”. Y consulto los datos del último Padrón Municipal, correspondiente al año pasado, donde se revela que la población vasca apenas logró mantenerse en 2015, con un ligerísimo crecimiento de 272 personas, tras dos años de caídas. Doscientas setenta y dos: un número capicúa… e irrelevante.