Nadie duda de la importancia y trascendencia que tiene la formación profesional para el empleo; tanta que, sin duda, la erige como la herramienta más completa entre las políticas activas de empleo. La formación profesional para el empleo siempre ha constituido, y constituye, un motivo de preocupación y de atención preferente en el País Vasco. Desde hace tiempo, nuestra comunidad autónoma ha dedicado un gran esfuerzo inversor en este ámbito, que ha cuajado en iniciativas positivas que han servido para mejorar la cualificación de las personas sin empleo y, también, de aquellas que lo tienen y que han mejorado sus competencias gracias a ella. Iniciativas positivas, como las ofertadas por Lanbide o por el sistema implementado en Hobetuz, en el que participan todos: empresarios, sindicatos y administración pública vasca.

Recientemente hemos tenido la oportunidad de reflexionar en profundidad sobre este tema en el Consejo Económico y Social a cuenta del “Proyecto de decreto para ordenar la Formación Profesional para el Empleo en Euskadi” que nos remitió el Departamento de Empleo y Políticas Sociales del Gobierno Vasco. Para elaborar el dictamen preceptivo, la comisión de trabajo del CES se empleó a fondo y, finalmente, el Pleno del Consejo aprobó las consideraciones de nuestro trabajo, que hicimos públicas oportunamente. Aquel decreto tenía como objeto ordenar en su conjunto la FPE y crear un nuevo modelo de gestión que integrara en un único sistema el conjunto de las actuaciones relacionadas con esta actividad en Euskadi. El CES debatió y valoró el documento del ejecutivo y destacó -como siempre lo hace, por otra parte-, lo que de acertado y de erróneo tenía el proyecto, según el criterio previamente contrastado y consensuado entre los distintos agentes que integran el Consejo Económico y Social Vasco.

Soy de los que abogan porque la formación profesional para el empleo -y todo cuanto tenga que ver con la formación profesional en general-, se mantenga como motivo de preocupación constante en Euskadi. De preocupación y de prioridad, porque nos jugamos el ADN industrial del País Vasco en ello. Necesitamos una formación profesional imbricada en nuestra industria, que actúe interactivamente con ella y que esté al servicio de la economía real de las empresas y de las necesidades del país. Estoy seguro de que volveremos a hablar sobre este tema próximamente; es bueno que la preocupación se mantenga.