Hace unos días, el Gobierno Vasco hizo pública la Encuesta de Familias y Hogares Vascos, más conocida por sus siglas EFH. El objetivo de esta encuesta es conocer en detalle la estructura demográfica de los hogares vascos para desvelar sus problemas y necesidades y mejorar así las políticas familiares. La última encuesta ha analizado pormenorizadamente la realidad de 3.500 hogares de la Comunidad Autónoma del País Vasco, lo que permite proyectar una imagen bastante atinada del conjunto.

Los medios de comunicación han resaltado los aspectos que han considerado más llamativos de esta encuesta; entre ellos, la decisión de bastantes familias vascas de, por el momento, renunciar a tener descendencia, debido a las dificultades económicas a las que se enfrentan. Según la EFH, el número de familias que han expresado esta renuncia no llega al 1% del total, pero, en cualquier caso, se trata de un número significativo -alrededor de siete mil familias-, que contrasta ásperamente con nuestra realidad demográfica, atenazada por una de las tasas de natalidad más bajas de Europa. La pirámide de edad ha sufrido en Euskadi un gran cambio en los últimos treinta años, con un adelgazamiento en la base y un ensanchamiento en la copa; y lo ha hecho tanto y de tal manera que, en la actualidad, una de cada tres personas en la CAPV tiene más de 55 años, conformando así un colectivo definido al que el Consejo Económico y Social ha dedicado un apartado específico en la Memoria Socioeconómica publicada este año. Recientemente, incidí sobre este tema en un post publicado al hilo de la publicación de los datos del último padrón municipal relativo a la población vasca.

Con todo, la renuncia de un número importante de familias vascas a tener hijos por las dificultades económicas es una problema que ha repuntado año tras año desde 2010, como se refleja en los documentos publicados por el CES. Una renuncia que no se debe exclusivamente a motivos económicos y laborales, sino también a las dificultades para el cuidado de los hijos, según hemos apuntado desde el Consejo. Y sobre este último aspecto, me permito recordar una de las fórmulas que propusimos valorar para la conciliación de la vida laboral, personal y familiar. Me refiero a la extensión del teletrabajo, una modalidad muy útil para el cuidado de hijos e hijas por parte de sus progenitores. No es, ni mucho menos, la panacea que resuelve el problema, pero sí un aporte a la solución.