Hemos iniciado la semana con la celebración del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, una de las muchas fechas del calendario anual a las que las Naciones Unidas rodean con un círculo en rojo para refrescar conciencias dormidas. Este año han apuntado hacia el desiderátum más alto: “Poner fin a la pobreza en todos sus formas y en todo el mundo”.

La pobreza es un fenómeno amplio y complejo que, por una visión reduccionista, se tiende a confundir a menudo con un enfoque extremo, que lo identifica con la indigencia o con una carencia en las necesidades más primarias. Sin embargo, cuando hablamos de pobreza no sólo cuantificamos la insuficiencia de los ingresos en un hogar, sino la situación comparativa en que éste se sitúa con respecto al conjunto del territorio analizado en cuestiones variadas, como el acceso a la vivienda, al trabajo, a la educación, a la alimentación o a la salud y al bienestar.

Así, nos encontramos con resultados aparentemente sorprendentes, como el reflejado por el índice de pobreza y exclusión en Euskadi (15,3% de la población vasca), que es similar al de los países nórdicos europeos más avanzados. Y lo es, porque estos indicadores no refieren valores absolutos sino que se circunscriben a un territorio en concreto, sin que el resultado pueda ser extrapolado, como expliqué en un post anterior.

A pesar de que el mencionado 15,3% de la población constituya un porcentaje relativamente bajo comparado con la media española y europea, refleja que todavía hay 340.000 personas en el País Vasco que siguen padeciendo gravemente las consecuencias de la crisis. Y en este punto debemos preguntarnos si la débil y lenta recuperación económica está o no siendo acompañada de una reducción de las desigualdades; una cuestión que preocupa hondamente al Consejo Económico y Social vasco por las nefastas consecuencias que puedan derivarse en términos de cohesión social, tal y como ha señalado en más de una ocasión.