“Septiembre, vuelta al cole” es un exitoso eslogan de marketing que ha conseguido que asociemos de inmediato este mes con el inicio del curso escolar. Noveno mes de nuestro año actual, era el séptimo en el antiguo calendario romano; de ahí, la raíz latina, septem, de su significado.

Divagaciones semánticas y cronológicas a un lado, Septiembre es una buena disculpa para plantear para una reflexión puntual sobre la educación en el País Vasco. Nuestros indicadores en esta materia son, en general, buenos: estamos a la cabeza de las comunidades autónomas -destinamos el mayor gasto por estudiante- y, en algunos marcadores, nos situamos incluso por encima de las medias europeas. Sin embargo, mantenemos y nos lastran unos desequilibrios que no conseguimos compensar.

Por ejemplo, el que provocan las preferencias educativas, que se concentran en los extremos inferiores y superiores de la escala formativa, desatendiendo los niveles intermedios y específicos, como corroboran los datos de matriculación en la FP Superior, que descendieron ligeramente el curso pasado. Tampoco hemos conseguido cuadrar eficazmente la oferta y la demanda de estudios terciarios con las necesidades del mercado de trabajo.

Otro desequilibrio claro lo constituye la baja presencia de las mujeres en las ramas técnicas, tanto en los ciclos formativos como en la universidad, que las coloca en una peor posición de partida para el desarrollo de su carrera profesional. Y en cuanto a la educación superior, no podemos olvidar que Bolonia internacionalizó nuestro sistema educativo, por lo que éste debería atraer más estudiantes foráneos, así como impulsar la movilidad de los nuestros. Sin duda, septiembre es un buen mes para recordar que los esfuerzos dedicados a la orientación educativa siempre deben redoblarse.