Ha sido éste un verano aciago. Un mes de agosto truncado por el horror y el dolor que han reventado lo que debería haber sido una plácida rutina estival. Duele Barcelona y estremece descubrir que el rostro impenetrable de la intolerancia y del fanatismo puede adoptar los rasgos de personas muy jóvenes, menores de edad incluso, criadas y educadas bajo el paraguas de protección social que ofrece una sociedad occidental desarrollada. Algo falla y falla desde hace tiempo. No sólo aquí, sino en la mayoría de los países europeos que tienen acogidas en su seno poblaciones de origen foráneo significativas, cuando hay jóvenes de segunda e incluso de tercera generación que no hemos conseguido integrar plenamente ni hacerles compartir nuestros valores desde el respeto mutuo.

En este punto creo que no hace falta insistir en que el fenómeno de la inmigración, el de las personas que abandonan su lugar de origen en busca de una vida mejor, nunca debería ser visto como un problema por parte de la ciudadanía. Lo sucedido en Barcelona, así como en tantos otros lugares que han sufrido zarpazos terroristas similares, revela la naturaleza de un problema que sólo podremos atajar si somos capaces de plantearlo correctamente en sus términos, sin lugar para la confusión. En este sentido es esperanzador que la población vasca no viva la inmigración como un problema, según se refleja en los estudios del Observatorio Vasco de Inmigración Ikuspegi que recoge el Consejo Económico y Social. El año pasado, sólo el 2,2% de las personas encuestadas mencionó espontáneamente la inmigración como el primer problema de la CAPV. En ese conjunto de respuestas espontáneas, la inmigración aparece en cuarto lugar, por detrás del paro (85,5%), de los problemas de índole económica (26%) y ded la corrupción y el fraude (13,8%).